jueves, 3 de septiembre de 2015


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viernes, 4 de mayo de 2012

El marinero que murió dos veces

Este, que parece un cuento de fantasía, no es sino un trozo de historia real, un curioso jirón de la vida de un marinero que perteneció a la gloriosa tripulación de la "Esmeralda", la querida nave capitana de Arturo Prat. El marinero en cuestión se llamaba Luis 2º Ugarte y estaba embarcado en la vieja corbeta desde el comienzo de la Guerra del Pacífico. Al igual que todos los marinos de la "Esmeralda" y la "Covadonga", tuvo que sufrir las privaciones y peligros del bloqueo del puerto de Iquique, que estaba defendido por 8000 soldados peruanos. Cuando los blindados enemigos "Huáscar" e "Independencia" descendieron sorpresivamente desde el Callao y asomaron a la bahía de Iquique al amanecer del 21 de mayo de 1879, el marinero Ugarte formaba parte del pelotón que hacía la guardia de la madrugada en la "mancarrona", como cariñosamente llamaban los tripulantes a la "Esmeralda". Él fue uno de los primeros en darse cuenta del encierro en que habían sido atrapadas las dos naves chilenas y uno de los que combatieron desde los primeros disparos. Acosada por los enormes cañones giratorios del "Huáscar" y herida desde tierra por los fusiles de los soldados peruanos, con sus calderas rotas moviéndose apenas, la corbeta de Prat marchó al sacrificio. Ante sus valientes tripulantes no había sino una posibilidad de salvación y de victoria: abordar al monitor y apoderarse de él. Fue lo que intentó hacer su comandante. Sacando su nave mas afuera, esperó a que el blindado del almirante Grau se le viniera encima, como un toro furioso, para traspasarla con su agudo espolón de acero. El momento del choque de los dos barcos era el que debían aprovechar los audaces combatientes. Una primera vez embistió el potente "Huáscar", pero su aguzada proa pasó rozando el casco de la corbeta de madera. Prat y los suyos siguieron esperando. La cubierta de la "Esmeralda estaba teñida de sangre y cubierta de muertos. El monitor dio una corta vuelta por la boca de la bahía iquiqueña y volvió con renovado ímpetu para espolonear a la débil barca. Los ojos de todos los tripulantes de la "Esmeralda" estaban fijos en el monitor que avanzaba bufando, terrible en su poderío. Arturo Prat, sin gorra, con la espada en la diestra y las pupilas llameantes, esperaba, esperaba el momento supremo. Estaba de pie sobre la toldilla de popa; junto a él se hallaba el marinero Arsenio Canave Miniño; bajo la toldilla el sargento Juan de Dios Aldea; en la escalerilla el corneta Gaspar Cabrales que tocaba incesantemente zafarrancho de combate; sobre la cubierta, directamente bajo el capitán, aguardaba el espolonazo el marinero Luis 2º Ugarte. --¡Hay que saltar, marineros!—Les gritó por última vez el capitán Prat. Una ráfaga disparada por los fusileros del "Huáscar", ya muy próximo, sonó como una quebrazón de ramas secas. El corneta Cabrales suspendió su toque de zafarrancho en mitad de una nota aguda, y abriendo los brazos, rodo al pie de la escalerilla. Un cabo recogió la corneta antes que dejara de rebotar sobre cubierta y siguió tocando. El "Huáscar" estaba ya a medio centenar de metros. Prat se volvió entonces hacia sus oficiales. Vio al teniente Sánchez junto al timón. --¡Listo a la maniobra! –le gritó—. ¡Cuando el "Huáscar" esté a medio cable, cierre a estribor y vire sobre el eje, para que no nos espolonee por mitad de la banda! Pero el estruendo de la fusilería apagaba su voz. Se volvió al marinero Canave y le preguntó a gritos: --¿Cree usted que oyó, marinero? Este se alzó fugazmente de hombros. No podía responderle; llegaba ya el monitor. De un salto se dejó caer sobre el vientre, listo para levantarse cuando pasara la conmoción del choque y saltar al abordaje. La cuchilla curva, como hacha de verdugo, del espolón del monitor penetró ferozmente en el flanco de madera de la corbeta. En ese momento, Arturo Prat se irguió y enarbolando su espada dio un grito bravío: --¡Al abordaje, muchachos!... ¡Al abordaje!... Haciendo destellar la espada, saltó a la proa del "Huáscar". Detrás de él saltaron el marinero Arsenio Canave Miniño y el sargento Juan de dios Aldea, los únicos que lograron oír su orden. El desconcierto, la sangre, el ruido ensordecedor de los cañones cubrieron la voz del héroe. Serrano, Uribe y los demás tripulantes sólo supieron de su temeraria acción cuando el "Huáscar", de un poderoso tirón, comenzó a separarse de la corbeta. Entonces un último marinero saltó al abordaje. Fue Luis 2º Ugarte. Cayó sobre el borde de la baranda de proa del monitor, se equilibró unos instantes agitando los brazos y enseguida se precipitó al mar, entre las dos naves. No vio la muerte heroica de Prat, ni después la de Serrano y sus compañeros. Aferrado a un madero, asistió al final de la "Esmeralda" desde el agua. Sus compañeros, los sobrevivientes que fueron recogidos por el "Huáscar" después del naufragio de la corbeta, creyeron que Ugarte había perecido en la cubierta del monitor y en su relación lo dieron por muerto. En las listas de la Marina chilena junto al nombre de Luis 2º Ugarte se colocó una cruz. Pero, mas adelante, cuando Iquique fue tomado por los chilenos y se rescató a los sobrevivientes de la "querida capitana", entre ellos apareció el difunto marinero Ugarte, y en Valparaíso al ser condecorados todos aquellos héroes, se prendió también en le pecho suyo una medalla de plata. Luego, todos los navegantes volvieron a la guerra, pero entonces lo hicieron como tripulantes del propio "Huáscar", que había sido conquistado en el combate de Angamos. El resucitado Ugarte formó parte de la dotación, bajo las órdenes del capitán Manuel Thomson. El 24 de febrero de 1880, el monitor llegó frente al puerto fortificado de Arica y, junto con la cañonera "Magallanes", asumió la misión de bloquear dicha base naval. Al amparo de los formidables cañones del morro y de los fuertes de la playa se hallaba otro monitor peruano, el "Manco Capac", poderosamente artillado. El capitán Thomson sufría por no poder atacarlo y, el 27 de aquel mes, no supo contener más su ímpetu. Ordenando aumentar la presión de las calderas del "Huáscar", comenzó a batirse con las baterías de la costa, con el propósito de acercarse al "Manco Capac" y hundirlo a espolonazos. Dos veces cargó contra él aquella mañana y en ambas ocasiones debió retroceder por los estragos que los cañones del Morro hacían en su tripulación. Pero, a las dos y media de la tarde, sorpresivamente envalentonado, el "Manco Capac" comenzó a avanzar fuera de la bahía. Thomson volvió a dar la orden de ataque y su monitor se abalanzó furiosamente sobre el barco enemigo. Mas, cuando iba a espolonearlo, advirtió que el "Manco Capac" llevaba apegada a su flanco una lancha torpedo. Tuvo, pues, que virar, para intentar caer sobre el enemigo sobre el otro costado. El capitán Thomson estaba al pie del puente de mando, enardecido de coraje dispuesto a saltar al abordaje. Detrás de él se hallaba el marinero Luis 2º Ugarte, resuelto a seguirlo. Pero aquella virada en redondo en torno al barco enemigo fue fatal. El "Huáscar" ofreció su flanco descubierto a los poderosos cañones enemigos y uno de los grandes proyectiles del "Manco Capac" dio en mitad del pecho del infortunado Thomson, partiéndolo en dos. La misma bala de cañón cogió al marinero Ugarte y lo pulverizó en el aire, esparciendo sus trozos sobre la cubierta. Así fue como aquel valiente marinero murió por segunda vez, pero ahora definitivamente. El destino había marcado de antemano que debía perecer sobre la cubierta del "Huáscar"…

Por Jorge Inostroza


viernes, 20 de abril de 2012

El sacrifico de la Fragata Essex



Este es un suceso noble, característico de las guerras de otros tiempos, en que los hombres combatían con pundonor e hidalguía. Ocurrió frente a Valparaíso en 1814 y sus protagonistas fueron las fragatas "Phoebe" y "Cherub", de Inglaterra, y la "Essex", de los Estados Unidos. Singular combate en que se entremezclaron la mas fina cortesía y la crueldad mas despiadada.

El 8 de febrero de 1814, el gobernador Francisco de Lastra estaba en su oficina de Valparaíso cuando llegó ante él un oficial del puerto, presa de las mas violenta agitación.

--Señor Gobernador --Le Informó --, en este momento entran a la bahía dos naves de guerra británicas: la "Cherub", de dieciocho cañones y la " Phoebe", de treinta y seis.

--¡Santo Cielo! –fue todo lo que pudo exclamar el gobernador.

Pero ¿Cuál era la causa de su espanto? Una sola, simple pero grave. Desde hacía un mes en el puerto, reparando sus averías y aprovisionándose, la fragata norteamericana "Essex", que acababa de terminar un crucero de once meses capturando y hundiendo barcos ingleses. La guerra entre las dos poderosas naciones estaba en pleno ardimiento y era lógico pensar que las naves inglesas no se moverían de la entrada del puerto hasta hundir a la norteamericana, aunque tuvieran que esperar un año entero a que saliera de las aguas neutrales chilenas.

Esto creaba un grave problema al gobernador. Bien difícil sería evitar que se produjeran incidentes entre ellos, máxime cuando los marinos de los tres barcos tenían autorización para bajar a tierra.

Don francisco de la Lastra mandó llamar apresuradamente al cónsul norteamericano Joel Robert Poinsett, que se encontraba en Santiago. En realidad, había motivos para alarmarse. Comandaba la fragata norteamericana el bravo comodoro George Porter, gran amigo de los Carrera, que estaban en el poder, y su nave había capturado a doce balleneros ingleses y hundido a otros tantos. Indignado, el almirante británico había enviado a la "Phoebe" y la "Cherub" con la misión especifica de encontrar u hundir a la "Essex".

Ya en los primeros días, estando el cónsul Poinsset en Valparaíso, se produjeron los primeros roces. El comandante de las naves inglesas, comodoro Hillyar, era un marino pundonoroso, héroe de corbata blanca, como se solía decir. Pues bien, al llegar al interior del puerto, se acercó galantemente a la fragata "Essex" y preguntó con su bocina por la salud del comodoro Porter. Un gesto muy hidalgo, por cierto. Pero las naves se aproximaron tanto que los penoles de la "Phoebe" se enredaron con los estayes de la "Essex" y casi se produjo un sangriento abordaje, pues las dos tripulaciones se trenzaron en unas retahílas de insultos y amenazas realmente impresionantes.

El gobernador de la Lastra invocaba a todos los santos para que los marinos antagonistas respetaran la neutralidad de las aguas chilenas y no se empeñaran en una batalla dentro de la bahía, sino que esperaran a estar a mas de una legua mar adentro.

Sin embargo, el cónsul Poinsett no le daba seguridad alguna.

--Ambos comandantes son unos caballeros—decía--, pero, cuando los ánimos están encendidos, basta una simple chispa para hacer estallar el polvorín.

Durante cuarenta días, los tres buques estuvieron acechándose en un constante reto. Los yanquis cantaban todas las noches desde las flechaduras de sus velas el "Yankee Doodle" y los ingleses les respondían con el "God Save the King". Luego venían los improperios y las amenazas. De día se hacían los retos por semáforo con banderas.

De esta forma, el clima iba poco a poco caldeándose, aunque ambos adversarios guardaban aún los miramientos que debían a la nación neutral cuyo puerto ocupaban. Otro tanto ocurría en los encuentros en tierra. Hubo una oportunidad en que el comodoro Hillyar y el comodoro Porter se encontraron en una recepción, en la casa del gobernador De la Lastra.

--¿Cómo está usted, señor comodoro? –lo saludó con distinción británica el jefe de la "Phoebe"--. Confío en que su permanencia en este encantador puerto le haya sentado bien.

--En realidad, me ha hecho muy bien –le respondió el comodoro Porter--. Usted comprenderá: después del abrumador trabajo que he tenido en once meses de navegación…

Se refería claramente al tiempo que llevaba hundiendo barcos británicos; pero el inglés mantuvo su flema.

--Un trabajo abrumador, pero provechoso, ¿No es verdad señor comodoro? –Comentó con acento zumbón, y agregó sonriendo --: Es una lastima que esta deliciosa vida tenga que terminarse algún día. Hay que enfrentarse con la dura, la inevitable expiación.

El comodoro Porter rió suavemente. --¿Inevitable dice usted? ¿Por qué?... Yo puedo evitar toda clase de expiación hasta el fin de mis días.

--No puedo menos que desearle buena suerte, comodoro –prosiguió el inglés--, aunque por lealtad que le debo a mi bandera, y por mi vanidad personal, tengo que deseármela a mi también. Desgraciadamente, parece que ambas cosas se contraponen, ¿no cree usted?

--¡Oh, no se preocupe usted por escrúpulos de conciencia! –lo tranquilizó con fina ironía el norteamericano --. Usted me desea buena suerte a mi, yo selo deseo igual a usted y todo queda arreglado. ¿Qué tal?...

La guerra no había perdido del todo sus hábitos caballerescos; no se habían inventado la ametralladora y las bombas, y todavía se usaba saludar al adversario. Pero en este caso los buques ingleses y norteamericano llegó el momento en que se terminaron los saludos: iba a hablar el cañón.

Un día el comodoro Porter comprendió que no podía permanecer indefinidamente inmóvil y preparó todo para arrancarse a la hora del crepúsculo, aprovechando los vientos de febrero. Confiaba en su nave que era mas velera que las inglesas, y en la sorpresa de una salida inesperada. Todo era cuestión de cargar las velas en el momento oportuno y lanzarse al mar. Si lograba doblar el cabo de Punta Gruesa, estaba salvado. Los ingleses no lo alcanzarían.

Pero el comodoro Hillyar había tenido el mismo pensamiento y mantenía a sus vigías continuamente alertos, observando todos los movimientos en la cubierta enemiga.

Palidecía la tarde, cuando Porter dio la orden de zarpe. Todos los mástiles de su nave se cargaron de velas y la proa dio un vigoroso envión hacia adelante. Pero antes de que las velas se hincharan con el viento, ya los dos barcos ingleses ya habían izado también las suyas y se interponían amenazadores en la boca de la bahía. Dos o tres veces, en la semana siguiente, la fragata "Essex" intentó escapar de ese modo, pero siempre encontró en su camino a los buques ingleses. Hasta que el 28 de marzo el comodoro Porter descubrió que a la hora de la siesta los ingleses dormían. Sigilosamente se dirigió a su segundo y todos los tripulantes encargados de la arboladura y les expresó nerviosamente:

--¡Esta es la nuestra! Parece que todo el mundo está durmiendo en la "Cherub" y en la "Phoebe". Se ve muy poca gente sobre las cubiertas. ¡Arriba todas la velas! ¡Vamos a salir pegados a la costa, tan ceñidos como un cinturón!

Con la rapidez que se iza un gallardete subieron las velas de la "Essex" hasta llenar los palos, y la nave, aprovechando un fuerte viento sur, se abalanzó hacia el cabo de Punta Gruesa.

Alcanzaron a moverse sin ser advertido durante uno o dos minutos, pero de súbito empezaron a resonar los silbatos de los contramaestres de las naves inglesas, y sus cubiertas se llenaron de marineros.

No obstante, parecía que la pequeñísima ventaja bastaba a la "Essex". Había puesto proa al norte y rebasaba ya la línea de posible intercepción de la "Cherub". El comodoro daba saltos en su torre de mando y se reía a carcajadas. Iban a doblar Punta Gruesa avanzando a todo trapo. Pero el mismo viento que los favorecía, sería la causa de su quebranto. Al asomarse al filo del promontorio, en la boca de la bahía, el viento, cuya violencia ya no amortiguaba la Punta de Ángeles, el otro extremo e la ensenada, cogió de lleno el velamen desplegado y tronchó el mastelero del palo mayor. Inútilmente, el comodoro trató de hacer arriar el sobrejuanete y el juanete. Ya era tarde. Todo el velamen superior con su correspondiente cordaje cayó abatido, enredándose en las jarcias y las flechaduras de los estayes. La confusión fue terrible y el barco perdió el control de su andar.

Las fragatas inglesas se abalanzaron sobre la "Essex" y, olvidándose de la neutralidad de las aguas territoriales chilenas y toda la cortesía anterior, la colocaron el foco de sus fuegos y la barrieron a cañonazos. Durante dos horas dispararon setecientos proyectiles sobre su casco acribillado desde los primeros momentos.

Los yanquis se defendieron como leones y de ello fueron testigo los habitantes de Valparaíso, que coronaban los cerros y aplaudían los cañonazos que acertaba la casi inerme fragata norteamericana.

El cónsul Poinsett acudió a la carrera a la gobernación y gritó a don Francisco De la Lastra:

--¿Oye usted, señor gobernador? ¡Los ingleses cañonean a mansalva a la fragata "Essex" dentro del puerto! ¡Esos barbaros violan impunemente la neutralidad de Chile! Ordene usted que la batería del fuerte Barón cañoneen a esos condenados.

El señor De la Lastra se encogió apesadumbrado:

--No puedo expresar de ese modo la protesta de Chile en nombre del derecho internacional, señor –confesó --. El caso es que… no tenemos artilleros que sepan disparar esas piezas…

Nada había que hacer. El combate empezó alas 4:40 horas de la tarde y termino a las 6:20. En ese lapso la "Essex" perdió ciento cincuenta y dos hombres de los doscientos cincuenta y cinco que componían su tripulación.

De los que se salvaron, cuarenta ganaron a nado la playa, que estaba a poco mas de un cable de distancia. Todos sus oficiales perecieron. Solo el teniente Knight acudió a su puesto al último llamamiento del comodoro Porter. Después, las propias balas enemigas cortaron las drizas de las banderas y el barco quedó rendido.

Cuando el oficial inglés comisionado para tomar posesión de la "Essex" piso la cubierta de la fragata se tambaleó por el horror. En un cañón estaban amontonadas hasta tres remudas de artilleros, muertos, despedazados. El comodoro Porter se veía empapado en la sangre de sus hombres.

Los marineros que, heridos y quemados, salvaron nadando, fueron recogidos y atendidos caritativamente por las mujeres de la vecina caleta de Viña del Mar, especialmente por las dueñas de la hacienda Las Siete hermanas, las señoras Micaela y Juana Carrera. Ellas personalmente lavaron las heridas y aplicaron las vendas, confirmando una vez la abnegación que ha distinguido a las mujeres de Chile en los azares de la guerra. El recuerdo del heroísmo del comodoro Porter y sus marinos no se ha olvidado jamás.

Por Jorge Inostroza

lunes, 4 de julio de 2011

La atroz decisión del teniente Caldera

Esta es posiblemente una historia única entre los millares de historias de soldados que corren por el mundo. Increíble hasta el grado máximo, es, sin embargo, totalmente cierta. El protagonismo principal existió hasta no hace mucho tiempo.
El batallón "Aconcagua", organizado en San Felipe, participó en las últimas batallas de la Guerra del Pacífico. Según los sanfelipeños que componían esta unidad, su comandante era. . . era nada más que "una mala bestia". No son expresiones mías, sino del difunto veterano Francisco Máximo Caldera. Llamabase este comandante Rafael Díaz Muñoz y era calificado tan duramente por sus subordinados debido a su terrible concepto de la disciplina.
Pero es lo que ocurrió al abanderado de ese batallón lo que nos ocupa ahora; justamente porque ese abanderado era Francisco Máximo Caldera, que compartía ese honor con su hermano Benigno. Ambos tenían tallas de gigantes, sobrepasaban el metro noventa de estatura, y su gallardía era motivo de orgullo para el "Aconcagua". No quiero olvidar un detalle pintoresco. En los desfiles, junto al abanderado marchaba la mascota del batallón, un chivato, al que se había bautizado con el nombre de pancho.
Pues bien, a comienzos de enero de 1881, cuando el "Aconcagua" vivaqueaba con el grueso del ejército junto al rio Lurín, el abanderado se descuidó y el chivato Pancho, atraído por el hermoso color verde del estandarte, dio de tarascadas con él y le comió toda una punta.
El sedoso estandarte había sido bordado primorosamente por las pálidas manos de las hermanas Carolina, Pabla y Delfina Cepeda; y como naturalmente ellas no estaban en Lurín, no fue posible que las toscas manos de los soldados remendaran el desgarrado estandarte. De modo que el abanderado tuvo que seguir con él así y, cuando, después de la batalla de Miraflores, el batallón entró a Lima, en medio del marcial desfile desde la Plazuela de la Exposición hasta el Palacio de Gobierno, un curioso malintencionado se acercó a hurtadillas al abanderado y le preguntó:
--¿Por qué traen ustedes ese estandarte tan feo y tan rotoso?
Y Francisco Máximo Caldera le contestó sin inmutarse:
--Porque éste ya se conocía el camino.
Se refería al hecho que el batallón "Aconcagua", reclutado también en San Felipe, había combatido en la primera guerra contra la confederación Perú-Boliviana y entró a Lima con el general Bulnes, en 1839.
Pero volviendo a tomar el hilo del hecho que recordamos, debemos advertir que el batallón “Aconcagua” fue casi diezmado en la batalla de Miraflores. Le correspondió ser parte de la 3ra División, junto con el batallón “Navales”, defendiendo el ala derecha de la línea chilena. Cuando, por causas que jamás ha sido posible precisar, se rompió el armisticio pactado el 14 de enero, el “Aconcagua" se hallaba en los maizales de una quinta, reponiendo el agua de las cantimploras. El estampido de los cañones sorprendió a todos los soldados y fue difícil que los oficiales pudieran organizar sus filas y tomar adecuadas posiciones defensivas. Entre el “Navales" y el “Aconcagua" sumaban aproximadamente cuatro mil hombres, y frente a ellos tenían dieciséis mil soldados peruanos perfectamente parapetados en sus casamatas. La lluvia de metralla que tuvieron que soportar fue terrible, pero el batallón se salvó gracias exclusivamente a esa severa disciplina que había sabido inculcar a sus soldados esa “mala bestia" del comandante Díaz Muñoz.
En aquella oportunidad el portaestandarte era Benigno Caldera, quien en el avance que tuvieron que realizar a la desesperada para no ser acribillados de mampuesto, cayó herido cuatro veces. A la última ya no pudo levantarse. Se le acercó entonces su hermano Francisco Máximo, tomó el estandarte y preguntó al caído:
--Benigno, ¿Cuántas heridas tienes?...
Y el moribundo le respondió con trágica serenidad:
--Más de las necesarias, hermano…, más de las necesarias…
Y casi en seguida murió. Francisco Máximo Caldera siguió adelante con la bandera, mordiendo sus lágrimas; y enloquecido por desbordado heroísmo, guió al batallón hasta el último reducto de los enemigos: el fuerte de La Merced. El estandarte iba hecho una criba por las balas que lo perforaban. Los jefes de Estado Mayor, que observaban la acción desde un montículo, decían sordamente:
--¡Se acabó el "Aconcagua"!...
Pero no fue así. Apoyado por el "navales", al atardecer rompió y sus soldados entraron como potros encabritados en el interior, matando a cuantos enemigos se pusieran por delante.
Esa noche cuando las cornetas tocaron a llamada en torno al vivac y se practicó el recuento de la tropa, al comandante Díaz Muñoz se le erizaron los pelos de la nuca. De sus ochocientos hombres no respondieron a la lista doscientos cincuenta y cuatro. Esos habían quedado allá, en el maizal, o se les veía despanzurrados a lo largo del camino hasta el fuerte.
Vanamente la corneta siguió lanzando su dolorido llamado. Esos soldados no podían responder ya.
El 17 de enero, una división al mando del general Cornelio Saavedra hacia su entrada en Lima y tomaba posesión de la ciudad. Al día siguiente entraba a la capital vencida el grueso del ejército con el General Baquedano a la cabeza, seguido inmediatamente por los sobrevivientes del maltrecho batallón "Aconcagua". El deshilachado estandarte tuvo que ser portado en las últimas cuadras del desfile por el subteniente Justo Abel Rosales, porque Francisco Máximo Caldera apenas podía caminar debido a dos heridas recibidas en las piernas. Por esta misma causa se apartó también del batallón y fue marchando despacito paralelamente al a larga columna. Así pudo observar a la multitud sombría que contemplaba el desfile de los vencedores. Había muchos extranjeros, pero lo que más llamó la atención del teniente Caldera fue una pareja joven que batía al aire una pequeña banderola italiana. No estaban jubilosos, lo que les hubiera costado la vida por mano de los muchos peruanos que también observaban el desfile de los vencedores, pero saludaban para hacer ver su condición de neutrales.
Eran jóvenes y parecían recién casados, según los recuerdos del veterano Caldera; ella ostentaba una belleza meridional. Morena de grandes ojos claros y cabellera negra, tenía un cuerpo de escultura. A su vez, el marido era un hombre de magnífica estampa.
El teniente Caldera, que no veía un rostro de mujer desde hacía muchos meses, no pudo olvidar aquel retazo de escena. La hermosa italiana, cogida del brazo de su marido, batiendo suavemente su pequeña bandera. Con este recuerdo en sus retinas, el oficial se recogió a su cuartel. ¡No imaginaba cuan pronto y en qué circunstancias habría de volver a la joven pareja!
Aquella noche el batallón "Aconcagua" descansó, mientras custodiaban la ciudad los bravos soldados del regimiento "Esmeralda". Pero a la noche siguiente, la del 20 de enero, el batallón recibió la comisión de patrullar el centro de Lima.
El teniente Caldera fue el encargado de recorrer el Jirón de la Unión y las calles transversales. Salió con su compañía y la dividió en varias fracciones, a cada una de las cuales encomendó la vigilancia de una calle. Él fue recorriéndolas todas, solo, armado de su pistola de reglamento.
Había una quietud enervante en la noche limeña y los pasos del oficial resonaban amplificados en las calles desiertas. Vagó así varias horas, topándose con sus patrullas cada cierto trecho, en lugares convenidos. No llevaba el pensamiento puesto en la misión que cumplía, sino que iban con la mente repleta con el recuerdo de su hermano muerto en Miraflores. No obstante, pese a su distracción, hubo un momento en que se sorprendió al no encontrarse con una patrulla en el lugar que habían establecido Extrañado, comenzó a buscarla. Pero los ocho soldados que la componían no se hacían presentes en parte alguna. Ya con alarma, apresuró el paso y concentró todos sus sentidos en la búsqueda. Así fue como llegó a un sitio cercano al que ocupaba la pareja de italianos dos días antes. No lo recordó en ese momento, sino después, cuando oyó unos desesperados gritos de mujer.
Corriendo, pese a las heridas de sus piernas vendadas, se lanzó a ubicar el punto de donde provenían aquellas enloquecidas voces. No le fue difícil dar con él. Los gritos cada vez más doloridos de la mujer lo guiaron sin desviarse. Se detuvo frente al portón cerrado de un almacén de menestras. Allí dentro estaban ocurriendo los hechos. Del interior surgían voces de hombre, más que voces gruñidos; terribles juramentos y ruido de golpes. Un pensamiento saltó inmediatamente en el cerebro del oficial. Sus soldados, los de la patrulla perdida, habían tomado por asalto aquél almacén. Seguramente estaban borrachos. No tuvo tiempo de pensar más, el clamor de la mujer era imperioso, urgente sin vacilar, aplicó un hombro a la puerta y cargó con todas las fuerzas de su cuerpo atlético. La cerradura saltó de inmediato y el teniente arrastrado por su propio impulso, se encontró casi en el centro del recinto. Lo que allí vio lo dejo paralizado del espanto. En el medio del almacén, alumbrado por una luz alta, yacía el italiano que viera dos días antes. Todavía manaba sangre de su cuerpo acribillado a bayonetazos. En un rincón estaban los ocho soldados apiñados en torno a algo que se debatía y que el oficial no podía precisar en el primer momento. Pero pronto los gritos se encargaron de hacerle comprender. Era una mujer. Los hombres, enloquecidos por el alcohol, le arrancaban a tirones las ropas.
El teniente Caldera dio un formidable grito a sus soldados:
--¡Quietos todos!... ¿Qué significa esto?...
A su voz, los ocho hombres se volvieron y lo enfrentaron, ocasión que aprovechó la mujer para escabullírseles de entre las manos y correr hacia él. Estaba casi enteramente desnuda y su hermosos rostro, desmelenado y trágico, se veía llena de moretones y rasguños. Era la misma bella italiana que contemplara con admiración dos días atrás. Presa de la desesperación más profunda, la mujer se arrojó a sus pies y se abrazó de sus rodillas, implorándole protección.
El oficial intentó controlar a sus hombres, pero tuvo la inmediata certeza de que no iban a obedecerle. Estaban ebrios y totalmente ofuscados por la desnudez de aquella estatuaria mujer. Avanzaban lentamente, con los puños crispados y los ojos brillantes. Bien conocía el oficial esa actitud de sus soldados. En sus rostros se reflejaba claramente la muerte. Nadie se atrevería a quitarles esa mujer. Pero ella seguía clamando:
--¡Por caridad, señor oficial, sálveme! ¡Líbreme de esos hombres!
El teniente Caldera la miró y miró a sus hombres. Estos se hallaban ya a pocos pasos, dispuestos a saltar sobre él. Con su pistola como única arma nada podría hacer contra ellos. Además no debía matar a sus propios soldados. Por último, terminarían con él y de todos modos la mujer sería de ellos, los pensamientos se atropellaban en la mente del oficial. La italiana ovillada a sus pies, seguía implorando, tratando de esconder su desnudez.
--¡Sálveme señor oficial!
El teniente apretó los dientes y cerró los ojos.
--Señora—dijo roncamente--, sólo se una forma de liberarla. ¡Dios me lo perdone!
Y sacando la pistola del cinto la apoyo en la nuca de la mujer y disparó.
Los soldados saltaron hacia atrás salpicados por la sangre y la masa encefálica. El horro de aquel acto macabro los hizo reaccionar. Retrocedieron hasta el muro y apoyaron las espaldas, mirando con ojos desencajados a la mujer con la cabeza destrozada y el oficial que, con los brazos caídos, lloraba.
Después, silenciosamente, recogieron sus fusiles y salieron a la calle, con las cabezas gachas y los rostros enrojecidos de vergüenza. Ellos mismos fueron y se entregaron prisioneros en el cuartel.
El teniente Caldera tuvo que ser acogido en un hospital de campaña y dos semanas más tarde abandonó el teatro de la guerra y regresó a Chile.
Jamás pudo olvidar ese trágico episodio.

:)Por Jorge Inostroza

viernes, 18 de marzo de 2011

La Fragata "Scorpion"




Las causas iniciales de la independencia de Chile son numerosas, pero existe una bastante ignorada, a la cual no se le ha dado la importancia que tuvo en su época. Ella es la llamada: asalto de la fragata “Scorpion”.
Muerto el capitán general de Chile don Luis Muñoz de Guzmán a causa de la tristeza que le sobrevino al enterarse del desquiciamiento moral de la corona española que revelaba la conspiración del infante Fernando contra su padre Carlos IV, le sucedió por orden de grados y del azar del brigadier Francisco Antonio García Carrasco, jefe militar de Concepción. Era el brigadier García Carrasco un hombre de campamento, que siempre se había mantenido alejado de la vida cortesana. Rudo y de maneras poco amables, se granjeó desde su llegada a Santiago la antipatía de los Patricios, tanto criollos como peninsulares. Contribuyó en generar una corriente en su contra el hecho que se trajera desde Concepción al doctor Juan Martínez de Rozas en calidad de asesor letrado, descartando de ese cargo a don Pedro Díaz Valdés, esposo de doña Javiera Carrera.
Corría 1807 y los vientos que soplaban sobre España y sus colonias Americanas eran asaz borrascosos. Napoleón Bonaparte había invadido casi toda España, los reyes estaban cautivos en Francia y las ideas libertarias se filtraban en las colonias por todos los resquicios imaginables. Los Estados Unidos de Norteamérica, que habían obtenido su independencia en 1776, gracias a las logias masónicas revolucionarias, esparcían sus principios de independencia valiéndose especialmente de su flota de barcos mercantes. Los audaces marineros norteamericanos eran, al mismo tiempo, los principales contrabandistas que surtían a los reinos del pacífico con mercaderías, burlando el monopolio comercial a que España tenía sometidas a sus colonias. Además el Gobierno de Estados Unidos no dejaba nunca de introducir en esos barcos a agentes diseminadores de las ideas de independencia y panfletos o traducciones de los escritos de los enciclopedistas franceses disfrazados con las tapas de biblias, inocentes misales o tratados de medicina herbaria. Como la mayor parte de las logias revolucionarias norteamericanas se encontraban en Filadelfia y Boston y desde este último punto era de donde procedía la mayor parte de los revolucionarios y contrabandistas, los virreyes y capitanes generales dieron en llamar “bostoneses” a todos los navegantes norteamericanos. El solo hecho de pronunciar la palabra bostoneses sonaba a desacato en Chile en aquellos años de 1807 y 1808.
Ahora bien, que el asesor letrado Martinez de Rozas podía ser considerado mas bostonés que los autentico, no cabía duda, porque secretamente era masón y estaba en relación constante con el grupo revolucionario llamado el círculo de los siete, de Buenos Aires, el cual a su vez dependía de la tímida Logia Lautarina de Cádiz. Martinez de Roza realizaba, pues, el papel de espía en palacio y hacia una magistral labor de zapa para minar el prestigio y derrumbar al poco avisado capitán general García Carrasco. Uno de los astutos, aunque muy crueles pasos que dio, fue inducir a su jefe a asaltar la fragata “Scorpion”.
El caso ocurrió del siguiente modo: el Capitán Inglés Tristán Bunker era bastante conocido en las costas Chilenas por el cuantioso contrabando que traía a ellas una vez cada año. Se decía que sin sus cargamentos difícilmente las damas santiaguinas podían lucir algo de la elegancia europea.
El capitán Bunker en su penúltimo viaje había concertado una curiosa amistad con un médico yanqui recientemente avecinado en Valparaíso; este era don Enrique Faulkner. Dicho medico, cuyas verdaderas funciones nunca han podido ser precisadas, mantenía a su vez relaciones con don Juan Martinez de Rozas. Habiendo acordado con el capitán inglés encontrarse al año siguiente en el mes de junio en la caleta colchagüina de Topocalma, para realizar en conjunto una operación de contrabando, participó secretamente al asesor letrado este plan. Y entre el misterioso médico Yanqui y Martinez de Rozas se concertó el maquiavélico proyecto de inducir al capitán general don García Carrasco a apoderarse del barco, de los bostoneses que seguramente veían a su bordo y de las valiosas mercaderías.
El estulto brigadier fue seducido de inmediato por el doble fruto que podía obtener por aquel acto: atrapara los agentes revolucionarios y enriquecerse con el cargamento.
El doctor Faulkner recibió ordenas de trasladarse a la caleta de Topocalma, esperar al ingles y convencerle de postergar el desembarque de la mercadería hasta que el encontrase a los clientes para vendérselas. En realidad, esta prorroga sólo tenia un objeto dar tiempo a Martinez de Rozas y a García Carrasco para disponer sus fuerzas y el modo de capturar la nave.
A fines de Julio aparecieron las velas de la “Scorpion” en Topocalma. El capitán Bunker, confiado en la vulnerabilidad de su socio, fácilmente aceptó la explicación que este le dio respecto al retardo en desembarcar la mercadería.
Por otra parte, Bunker era inglés, como ya hemos dicho, y no traía a ningún agente bostonés a bordo.
Convinieron en que el 25 de septiembre volverían a encontrarse en aquella caleta para el desembarco. La corbeta ascendió, pues, nuevamente hacia el norte y estuvo recorriendo la costa de Coquimbo entregada a diversas funciones comerciales, mas o menos ilícitas. Allí en Coquimbo, el contrabandista tenía varios amigos, entre ellos un medico inglés llamado Jorge Edwards. A comienzos del mes de septiembre, cuando el barco pasaba frente a Totoralillo, este doctor lo hizo interrumpir su curso mediante una fogata encendida en cierto lugar, señal convenida por Bunker y sus clientes de tierra. Poco después, el capitán inglés hacia descolgar una escalerilla de cuerdas hasta un bote que lo abordaba y entregó a la persona que bogaba en el un par de pistolas guarnecidas e nácar, dos relojes franceses y una carta. Luego se internó mar adentro y esperó.
Pocas noches mas tarde, una segunda fogata se encendió en el mismo sitio anterior y, apenas la corbeta se hubo aproximado a la playa, subió a bordo el mismo hombre que recibiera las pistolas llevándole una respuesta escrita. Aunque esta iba firmada con el nombre de Ambrosio Querido, el mensaje provenía del doctor Edwards. Era un trozo de papel arrancado apresuradamente de un pliego mayor, y en el que el medico de Coquimbo hacía a su amigo el contrabandista una advertencia grave: le comunicaba que el norteamericano Enrique Faulkner lo había traicionado y que, en complicidad con miembros del Gobierno, se apoderaría del barco y sus mercaderías. Por último, instaba al capitán a regresar a Coquimbo y no dejar subirse a su barco a nadie hasta entrevistarse con él.
Pero el capitán Bunker con testarudez sajona, se obstinó en confiar en la palabra que le había dado el yanqui. Tenía fe, además, en la fidelidad de los cuarenta marineros armados que componían su tripulación. Así, el 25 de septiembre, puntualmente, echó anclas en la caleta de Topocalma. Minutos más tarde, el yanqui Faulkner subía a bordo. El contrabandista lo estaba esperando con la carta de Edwards en la mano.
--Doctor Faulkner-- le dijo perentoriamente, tan pronto lo tuvo a su lado--, anticipo a usted que no bajaré de mi barco hasta que no me explique muy claramente que es lo que pretende y me demuestre que lo que dice esta carta no es verdad.
Al mismo tiempo, ponía violentamente el mensaje del coquimbano en la mano esquiva del cómplice de Martinez de Rozas.
Faulkner un poco pálido, paseo ansiosamente sus ojos sobre aquellas líneas, y antes e terminar de leerlas por completo, barbotó con bien simulada indignación.
--Esta es una calumnia, capitán Bunker.
--Es un aviso que merece entera fe—le replicó éste.
--Lo dudo, capitán. Si le mereciese fe, no habría usted acudido a nuestra cita.
--la amistad es para mi algo muy respetable –le aclaró con firmeza el contrabandista--. He querido venir, aun cuando hubiera peligro, sólo para comprobar que lo que se dice de la suya no es verdad.
El rostro del norteamericano permaneció inmutable.
--Este no es más que un anónimo –agregó con cierto desprecio.
--Para usted, no para mí –aclaró Bunker --. Esta carta la escribió un amigo que es de mi absoluta confianza.
--En ese caso debemos lamentar el engaño de su amigo –replicó Faulkner, encogiéndose de hombros, y agregó con cinismo --: en vista que usted desconfía de mí, creo que lo mejor que podemos hacer es dejar sin efecto nuestras negociaciones. Emprenda usted nuevamente su viaje, que yo cargaré con las perdidas que ocasionará la no realización del negocio. Lamento, eso si, que tenga usted mas confianza en su otro amigo que en mi.
Había tal acento de sinceridad en las palabras del yanqui, que Bunker se dejo engañar. Con frases conciliadoras se disculpó ante el medico por su anterior desconfianza, asegurándole que depositaba nuevamente absoluta fe en su amistad. En prueba de lo dicho, realizarían el negocio.
Sin embargo, tal vez por remordimiento de conciencia de presentarse a la oscura trama urdida por Martínez de Rozas y aceptada por el capitán general de Chile, o por temores de última hora, el yanqui le propuso postergar el desembarco de la mercadería y hacerlo mas tarde en otra caleta que ofreciera más seguridad.
--Deseo disipar sus restos de desconfianza –le insistió, ya mas seguro ante las negativas del capitán--. Postergaremos el negocio hasta el 14 de octubre y lo terminaremos en la cañeta de Pichidangui. ¿De acuerdo?
La callosa mano del capitán Bunker selló el nuevo trato con un cordial apretón.
Así, mientras el barco siguió bordeando la costa chilena, la maquinación continuó también viento en popa. Fiel a su palabra de inglés, el 14 de octubre el contrabandista echó anclas en la rada de Pichidangui. Allí fue convidado a cenar en tierra, en la casa de un supuesto marqués de Larraín, personificado por un tal Damián Seguí, bandido que servía como guardaespaldas a García Carrasco y que era su instrumento para realizar las tropelías que el mandatario necesitaba guardar secretas.
El hecho de hacer figurar en este acto a un marqués de Larraín era el golpe maestro de Martínez de Rozas, puesto que la familia de los Larraín era una de las mas aristocráticas y poderosas e Chile. Se la llamaba la de los “ochocientos” por su enorme número y todos sus miembros estaban tildados de posibles insurgentes, aunque eran monárquicos.
Se hallaba el capitán Bunker cenando en la casa del falso Larraín acompañado por algunos de sus oficiales, cuando repentinamente el recinto se vio rodeado por ochenta dragones que esperaban ocultos en las cercanías. Estos lograron apresar al capitán Bunker y a siete de sus hombres y, para que no hubiera testigos en su acción, los asesinaron bárbaramente a tiros y sablazos. Mientras los demás marineros huían por la costa, los dragones saquearon el barco y enseguida rompieron sus fondos haciéndolo zozobrar.
Este siniestro asesinato y saqueo no permaneció en el secreto, que era justamente lo que buscaba Martínez de Rozas. Varios de los mismos dragones cometieron la infidencia de relatar el alevoso crimen y, cuando la columna regresó a Santiago, la indignación de los Patricios de la ciudad y especialmente la de los Larraín fue tanta que olvidando sus buenas maneras, salieron a la calle y persiguieron a pedradas a los dragones hasta su cuartel. Luego, reuniendo a sus muchos criados y al pueblo, los incitaron a apedrear el palacio de Gobierno, donde se refugiaba el brigadier García Carrasco. El cabildo fue citado rápidamente a sesión y en ella se estableció en forma clara cual había sido la participación del capitán general en el asalto de la “Scorpion”.
Este hecho termino de cubrir definitivamente de desprestigio a García Carrasco y, como consecuencia, a todos los capitanes generales españoles que gobernaban a las colonias. De ahí al derrocamiento del que fuera el último capitán general de Chile había un solo paso y este se dio el 10 de Agosto de 1810, en que el bárbaro brigadier fue destituido y reemplazado por Don mateo Toro y Zambrano. Conde de la conquista.

:)por Jorge Inostroza

Véase también: Escandalo Scorpion
http://es.wikipedia.org/wiki/Esc%C3%A1ndalo_Escorpi%C3%B3n

martes, 8 de marzo de 2011

El triste fin del Blanco Encalada

Cuando en las crisis bélicas los hombres son adiestrados en el arte de matar, siendo perfeccionados hasta el grado de que el segar vidas pasa a ser una necesidad profesional, es muy difícil después borrar de sus mentes la cruenta lección aprendida. Retornados al mundo de la paz, les cuesta ímprobos esfuerzos volver a ser ciudadanos pacíficos. Todas las guerras han dejado esa triste secuela; también la del Pacífico, que habiendo terminado en 1884, tuvo como corolario la revolución de 1891.

En la Alameda Bernardo O´Higgins, donde hoy existen jardines que enfrentan el palacio de la moneda, se levantaba en 1891 un edificio gris, de dos pisos, en el cual funcionaban la Comandancia General de Armas y el Estado Mayor del Ejército. En la mañana del 7 de enero de ese año sonó el teléfono que estaba sobre el velador del general Orozimbo Barbosa, entonces comandante general de la guarnición de Santiago; el aparato estaba conectado directamente con el gabinete del Presidente de la Republica, don José Manuel Balmaceda. Después de escuchar durante unos minutos hacer algunas nerviosas preguntas, el general Barbosa colgó el fono y, volviéndose hacia su esposa, le dijo con expresión preocupada:
-Corina, la escuadra se ha sublevado instigada por el capitán Jorge Montt, Estamos en revolución.
Era la verdad. Había estallado la revolución. No insistiremos sobre las causas de ella; el motivo principal fue la mantención del monopolio del salitre detentado por el coronel Thomas North, aunque encubierto bajo la mascara de una razón política, que era el antagonismo entre el Parlamento y el Presidente. Es decir, en apariencia la revolución pretendía el sometimiento del Poder Ejecutivo al Poder Legislativo. Se argumentaba que el Presidente había alcanzado una omnipotencia que lo convertía en un dictador. Los parlamentarios pretendían intervenir directamente hasta en el nombramiento de los Ministros de Estado, pese a que la Constitución de 1833 expresaba explícitamente: “Son atribuciones especiales del Presidente de la República nombrar a su voluntad a los ministros del despacho”.
Inútiles fueron los esfuerzos del ministro del interior, Don Claudio Vicuña, para equilibrar la autoridad de ambos poderes. El congreso extremó la tensión beligerante negando su participación para el despacho de la Ley del Presupuesto que debía regir durante el año 1891 y también para la aprobación de la ley que fijaba las fuerzas de mar y tierra.
Colocado ante el dilema de tener que paralizar la administración pública, despedir a los empleados, licenciar a los soldados y marinos, suspender los pagos de la deuda exterior, el presidente Balmaceda, forzado por la conveniencia nacional, dictó el 5 de enero un decreto ordenando poner en vigencia aquellas leyes. Fue la ruptura definitiva con el Poder Legislativo y la primera chispa de la revolución.
Al día siguiente, el vicepresidente del Senado, don Waldo Silva, y el presidente de la Cámara de Diputados, don Ramón Barros Luco, pusieron en marcha la máquina que habían venido preparando con todo sigilo desde hacia varias semanas; y el 7 de enero, al amanecer, la escuadra, mandada por el capitán de navío don Jorge Montt, y compuestas por los blindados “Blanco Encalada” y “Cochrane” y las corbetas “Esmeralda”, “O´Higgins” y “Magallanes, izaba el pabellón rojo de la revolución y desfilaba frente a Valparaíso hacia el norte, dejando frente al puerto sólo al “Blanco”.
El intendente de Valparaíso, contralmirante Viel, fue el primero en percatarse de la rebelión de la flota y la comunicó por telegrama al presidente. El señor José Manuel Balmaceda tomó su teléfono, llamó al general Barbosa y le resumió su pensamiento en una frase:
-Está bien. Llegaremos hasta el fin.
El general Barbosa se vistió apresuradamente y dijo a su esposa al salir:
-el Presidente me llama y acudo a garantizarle la lealtad del ejército.
Grave error del general. Miles de jefes, oficiales y tropa tenían metido en la sangre el virus de la guerra; en 1879 habían hecho una escuela que no podían borrar de sus espíritus. Los generales mas destacados en la Guerra del Pacífico se pusieron unos contra los otros, y el general Baquedano, que hubiera podido reconciliarlos. Rehusó intervenir.
Encabezando a los revolucionarios se levantó el general Estanislao del Canto, el héroe de la campaña de la Sierra, en 1881 y 1882 y comandaron las tropas gobiernistas los generales Orozimbo Barboza y José Miguel Alcérreca, ambos también veteranos ilustres de la guerra del 79.
Los primeros tiros de aquella lucha fratricida se dispararon en Valparaíso. El ministro del interior con las fuerzas leales había hecho levantar barricadas y excavar trincheras en las calles del puerto, y el 16 de enero los fuertes Bueras, Valdivia y Andes dispararon sus primeras andanadas contra el blindado “Blanco Encalada”. El vicepresidente del Senado don Waldo Silva, escapó milagrosamente, pues uno de los proyectiles pasó rozando la litera en que dormía. El acorazado tuvo que alejarse hacia el norte, en pos del resto de la escuadra. Esta se hallaba posesionada de Coquimbo y La Serena, y fue desalojada de allí por un batallón comandado por el coronel Tristán Stephen, después de un corto combate. La escuadra siguió más al norte aún y bloqueó Iquique. Esto equivalía apoderarse de la Caja Fiscal; en Iquique estaba la mayor riqueza minera del país. Al mismo tiempo, la corbeta “Esmeralda” se tomaba la base carbonera de Lebu.
El Gobierno disponía de un barco solamente: el “imperial”. Con él, haciendo prodigios de astucia, logró trasladar al norte tropas de refuerzo para apoyar al intendente de Tarapacá, don Manuel Salinas. Estas fueron comandadas por el coronel Eulogio Robles, justamente célebre por sus acciones en la guerra anterior al frente del regimiento “Lautaro”. Lo secundaba el también veterano de la contienda contra el Perú y Bolivia, coronel Virgilio Méndez. La primera batalla la libraron en Zapiga, haciendo retirarse hacia el norte a las tropas del general Del Canto. Pero pronto sufrieron su primer desastre en San Francisco. Sin pretenderlo iban siguiendo paso a paso la misma ruta de sangre de la Guerra del Pacífico, pero ahora eran hermanos los que luchaban entre sí.
Iquique cayó en poder de los revolucionarios y la ciudad fue saqueada. No obstante, los gobiernistas obtuvieron aún una victoria más en Huara, pero fue la última. Sitiados en Pozo Almonte sufrieron un descalabro total. El heroico coronel Robles, herido varias veces, fue ultimado y destrozado dentro de la tienda de la Cruz Roja. Igual suerte corrieron los coroneles Virgilio Méndez y Ruminot. Las demás divisiones leales. Comandadas por los coroneles Hermógenes Camus y Tristán Stephen, tuvieron que retirarse del desierto, cruzar la cordillera, entregar sus armas en Bolivia y recorrer a pie más de mil leguas, para entrar a Chile por el paso de Mendoza.
Entretanto los revolucionarios completaban su posesión en todo el norte del país y la escuadra dominaba el mar. Pero… hubo una sorpresa para ellos, que paralizó durante unos días la carrera de victorias. Esta ocurrió en Caldera.
Ya hemos dicho que el gobierno no disponía de otro buque que el “Imperial”, pero este apenas contaba con un cañón a proa y ametralladoras en las bandas. Carecía de blindaje y de poder combativo. En vista de ello, el gobierno adquirió lo mas rápidamente posible dos torpederas, de gran andar y no ensayadas todavía en guerra alguna. Se las bautizó la Lynch y la Condell. Sólo gracias a su extraordinaria rapidez lograron entrar al puerto de Valparaíso burlando la vigilancia de la escuadra del capitán Jorge Montt. Se designó como jefes de ellas a los recientemente ascendidos capitanes Alberto Fuentes y Carlos Moraga; y ambos recibieron una misión especial: la de navegar sigilosamente hasta Caldera, donde anclaba el grueso de la escuadra sublevada. El propio Presidente Balmaceda escribía lo siguiente al capitán Moraga, al término de sus instrucciones:
“Si como lo creo y lo espero del favor de Dios y de la justicia de la causa, usted y compañero obtienen resultados felices, habrá cambiado la situación y se abrirá el camino de la paz. Diga a sus compañeros que la suerte de Chile está en sus manos y que su valor y pericia dependen la suerte del Gobierno y de la República. Dé a todos mi palabra de aliento y de justicia a su lealtad”.
Las dos torpederas de alto bordo partieron de la base de Quintero en la madrugada del 20 de abril y desplazando el máximo de su veloz andar, se introdujeron océano adentro, más allá de los rumbos que podían recorrer los barcos de la escuadra y las naves mercantes. Al anochecer del 22 estaban a la altura de Caldera y enfilaban sus proas en derechura hacia la bahía. Las órdenes del capitán Moraga fueron escuetas y precisas:
-Apagar todas las luces reducir las máquinas a un cuarto andar.
Su embarcación la “Condell”, iba adelante. La seguía la “Lynch” a dos cables. Las poderosas maquinarias de las rapidísimas naves ronroneaban como los felinos que se aprestan a saltar sobre una presa desprevenida. Poco después de las once de la noche se avistaron los fanales de posición de los barcos de la escuadra y sus siluetas recortadas contra la iluminación de tierra.
El capitán Moraga precisó mediante sus pragmáticos la masa imponente del blindado “Blanco Encalada”. Era la presa elegida y, afortunadamente para los atacantes, se hallaba de guardia y el más adentrado en el mar.
Los capitanes Moraga y Fuentes tomaron personalmente la caña de sus respectivas torpederas, mientras los artilleros aprestaban los tubos de sus torpedos. Ambas embarcaciones llevaban cinco por banda, de modo que fue preciso realizar una maniobra de flanco girando las torpederas en un amplio semicírculo, como el caballo de pura sangre que va a tomar su pista.
Ubicadas ya al norte e la bahía, el capitán Moraga dio su última orden:
-¡Adelante! ¡A toda máquina! ¡Torpedos de estribor uno, dos y tres, listo para lanzamiento!
Las dos torpederas se encabritaron sobre las olas hundiendo las popas y levantando las proas al violento envión de sus máquinas. Luego rasgando las olas en dos festones de espumas, avanzaron a toda velocidad, corriendo paralelamente a la costa, a no más de trescientos metros de ella. La masa del blindado “Blanco Encalada” fue agrandándose vertiginosamente; iban a pasar a poco más de cien metros de él. Ya se les presentaba la popa redondeada y alta del buque, luego la banda de babor como el ijar de un paquidermo. Todos dormían en el blindado cuando por su tubo de órdenes el capitán Moraga roncamente:
-¡Torpedos uno, dos y tres…. Fuego!
Uno tras otro salieron los formidables proyectiles levantando una pequeña estela de espuma en su veloz marcha. Iban rectamente contra el casco del blindado. Fue entonces que uno de los vigías de este lanzó un desesperado grito de alarma:
-¡Torpedos por babor!
La guardia de prevención saltó hacia esa banda con sus fusiles presto y alcanzó a disparar una ráfaga sobre la “Condell”. Casi de inmediato se produjeron las tres terribles explosiones, separadas por fracciones de segundo.
El “Blanco Encalada” se envolvió en una nube de humo y llamas. Alcanzado en mitad del vientre, se abrió como una granada madura. Cuando paso a su costado la torpedera “Lynch” era absurdo dispararle más torpedos, se hundía irremisiblemente.
Desde las barcas atacantes se alcanzaban a oír las órdenes desesperadas de los marinos y los gritos de terror de los civiles que estaban embarcados en el blindado. En seguida, antes de que se pudieran arriar botes, el “Blanco” se inclino de proa y se hundió de golpe, arrastrando a gran parte de su tripulación.
Las torpederas se desvanecían velozmente en la negrura de la noche rumbo a alta mar. Habían cumplido su misión. Pero sobre las olas frente a Caldera quedaban flotando centenares de hombres, entre ellos don Ramón Barros Luco, Presidente de la Cámara de Diputados y miembro de la Junta Revolucionaria. El señor Barros Luco era un hombre grueso, ya entrado en años. Apenas podía sostenerse sobre la superficie. Estaba a punto de zozobrar, cuando vio pasar cerca suyo a una ternera que pasaba desesperadamente hacia la playa. Sin pensarlo dos veces estiro su diestra y se aferro desesperadamente de la cola del animal. Dicen las crónicas y los recuerdos de los sobrevivientes de aquella trágica noche el señor Barros Luco tuvo que hacer una extraña maniobra para impedir que el animal que lo arrastraba se llenara de agua por donde suele ocurrirle a los vacunos. Lo cierto es que consiguió llegar a la playa: se había salvado de tan pintoresca manera.
Conocida la noticia en Santiago, se celebró como una victoria del Gobierno. Dentro del júbilo, el edecán del Presidente, coronel Alejandro Lopetegui, se presentó ante el mandatario y le pidió su venia para que la banda de músicos del “Cazadores”, que tenía su cuartel frente a La Moneda, tocara una retreta en la plazuela. Don José Manuel Balmaceda lo miró al fondo de los ojos y negó con la cabeza.
-No -le dijo-. Se trata de una lucha entre chilenos. Nada existe en esta guerra que pueda ser motivo de alegrías.
Así fue el triste fin del glorioso blindado “Blanco Encalada”, que realizara tantas hazañas en la Guerra del Pacífico.

:) por Jorge Inostrosa

lunes, 7 de marzo de 2011

El naufragio del Wateree

Que nuestro país es territorio de cataclismos, terremotos y maremotos no es necesario repetirlo. Sobradamente sabemos que pertenece al llamado “semicírculo de fuego del Pacífico”, cadena de volcanes subterráneos y submarinos extendida desde el Japón. Dentro de la innumerable serie de calamidades sísmicas que han azotado a nuestro país, existe una que dejó como recuerdo histórico el casco de un barco sobre el lomo de un cerro. Es la historia del “Wateree”.
Todos los geólogos del mundo coinciden en que la desconcertante constitución geográfica de nuestro país parece indicar que este se formo con el desborde de una horrenda erupción volcánica o tal vez de un cataclismo que sumergió a un continente en el pacifico e hizo emerger la cordillera de los Andes, cuyas cumbres eran antiguas islas. La secuencia de desierto, volcanes, islas, ventisquero, desparramados al lado poniente de la cordillera de los Andes forma un conjunto pintoresco equilibrado sobre un caprichoso zócalo que se suspende entre montañas de más de cuatro mil quinientos metros y una cuenca marina de una profundidad igual. Este pavoroso desnivel, superior a los nueve mil metros, se produce en una distancia menor a doscientos kilómetros. ¿Qué puede extrañar, pues, que esta angosta faja de tierra se estremezca y convulsione cada cierto tiempo? La historia nos recuerda con tristes fechas los que fueron desastres espantosos, capaces de pulverizar ciudades enteras o hacer desaparecer tragados por las olas decenas de puertos. Así nos dice: 1647, terremoto en Santiago; 1657 terremoto en Concepción; 1604,1615, Terremoto en Arica; 1906, terremoto en Valparaíso…, y siguen las fechas fatídicas hasta la fecha.
Pero dentro de estas catástrofes existen algunos hechos curiosos dignos de ser recordados. Por ejemplo, el caso del vapor “Wateree”. Este era un navío de fondo plano de la marina norteamericana, equipado con ruedas laterales como los primeros vapores que empezaban a surcar los mares; tenía además doble timón, es decir uno a proa y otro a popa.
Después de haber realizado un crucero por el pacífico, en compañía del “Fredonia”, buque almacén de la armada de guerra de Estados Unidos, hecho sus anclas en la bahía de Arica el 2 de Julio de 1868. Junto a él quedaron anclados el buque de guerra inglés “Chanacelia” y el barco de guerra peruano “América”.
La población de Arica, que en aquella época era de unos diez mil habitantes, sentía verdadera complacencia cuando estaban en su bahía barcos de guerra de naciones amigas, porque ellos ponían a salvo el puerto de posibles incursiones de los piratas. Por esta causa dieron frecuentes y generosas fiestas a los marinos del “Wateree”, el “Fredonia” y el “Chanacelia”.
Los tres barcos extranjeros se disponían a zarpar de regreso a sus respectivos países, cuando el cable submarino trajo al prefecto de Arica una noticia que hizo fruncir el ceño a los comandantes norteamericanos e inglés.
-Señores comandantes, la fiebre amarilla se ha declarado en el Callao, de modo de que ninguno de vuestros barcos podrá aprovisionarse en ese puerto- les informó el prefecto de Arica.
Los tres jefes extranjeros regresaron a sus cámaras para estudiar la forma de eludir el paso por el callao.
Con profunda razón el comandante del “Wateree” imaginaba que, si había fiebre amarilla en el Callao, también existía el mismo peligro en los puertos de Trujillo, Lambayeque y Túmbez, del litoral norte del Perú. Como no dispusiera del carbón suficiente para navegar directo a Guayaquil, decidió esperar nuevas noticias en Arica y, de no obtenerlas, regresar a la costa Chilena y aprovisionarse en Valparaíso. Igual determinación adoptaron los Jefes del “Fredonia” y del “Chanacelia”. En cambio el barco del comandante peruano “América”, que era considerado el mas veloz del mundo en aquella época, decidió quedarse en Arica para ayudar a resolver su problema de abastecimiento a los barcos visitantes.
Debido a esa circunstancia fue que las cuatro naves de guerra permanecían aun en Arica en los comienzos de agosto. El día 2 de ese mes se empezaron a producir las primeras anormalidades en tierra. En la tarde de ese día, se encontraba el teniente George Billings acodado en la borda del “Wateree”, cuando lo hicieron estallar en carcajadas, a tiempo que llamaba a algunos de sus compañeros.
-¿Qué demonios es lo que está pasando en tierra? –comentó riendo-. Vean como sale la gente a las calles como hormigas enloquecidas, lanzando gritos y haciendo aspavientos de terror.
Los marinos se divirtieron grandemente esa tarde, sin llegar a explicarse que era lo que había ocurrido en tierra. Dos días después volvió a repetirse el incidente y esta vez alguien se aventuró a arriesgar una opinión:
-Seguramente está temblando –dijo, y todos cesaron en sus risas, porque habían estado antes en Japón y en las costas de Chile, bien conocían los movimientos espantables de los movimientos sísmicos.
Corriendo cuatro días mas y en la mañana del 8 de agosto el comandante del “Wateree” indicó a sus oficiales que se prestaran a zarpar al día siguiente rumbo directo a Guayaquil. Las órdenes fueron cursadas en el navío y en el “Fredonia” y ambos barcos quedaron a la espera, dispuestos para el zarpe.
Pero a las cuatro de la tarde de ese mismo día comenzó a surgir por el horizonte del suroeste, es decir, viniendo del mar de Chile, un ruido indefinible, que crecía lentamente, como el gruñido de un león furioso. Este ruido se multiplicó tanto que al final lo cubrió todo, pareciendo que brotaba desde el profundo lecho del océano. Cuando el estrepitoso sonido estuvo sobre ellos, los barcos fueron violentamente remecidos, el mar se encrespó e hirvió de espumas, mientras el terreno de costa ondulaba con sinuosidades de oleaje e inclinaba los cerros del fondo uno contra los otros, haciendo desplazarse sus cumbres.
Cuatro o cinco minutos duró esta escena dantesca, hasta que el polvo desprendido de la tierra privó a los marinos del espectáculo que ofrecía el puerto. Sin embargo, el retumbar de los muros de las casas que se derrumbaban y los alaridos de espantos de los ariqueños no habían escapado a los oídos de los navegantes.
Alrededor de las cuatro y media de la tarde despejó la atmósfera y entonces los norteamericanos e ingleses pudieron ver sobre el muelle a un grupo de personas que aclamaban desesperadamente requiriendo socorro para rescatar a los pobladores que habían quedado sepultados en las ruinas de sus casas.
El comandante de “Wateree” comprendió de inmediato la urgencia de la situación y ordenó al teniente Billings:
-Desembarque cuarenta hombres en una lancha, provistos de palas, picotas, vendas y elementos médicos para curar heridas. Preste todo el auxilio que pueda a los pobladores y envíeme un informe con lo sucedido con un bogador.
-a su orden, señor.
A las cinco de la tarde estaban en tierra los cuarenta tripulantes del “Wateree” con sus elementos de salvamentos, así como otros marinos del “América” y el “Chanacelia”. Su labor tuvo que comenzar de inmediato, porque la ruina de la ciudad había sido desastrosa; no quedaba ninguna casa en pie y, siendo todas ellas de adobe con techos planos de espeso barro y paja, eran innumerables las personas que habían desaparecido aplastadas por los derrumbes.
Rápidamente, los marineros ingleses, peruanos y norteamericanos fueron removiendo escombros y sacando heridos y cadáveres. Pero estaban en plena faena cuando se repitió el ruido pavoroso de hacia hora y media. Esta vez su origen parecía ser del desierto y avanzaba hacia la costa.
Nuevamente la tierra se agitó enloquecida, ondulando como un mar borrascoso; los pocos muros que quedaban en pie se vinieron al suelo con estrépito y los marinos experimentaron en carne propia el pavor del terremoto. Habiendo huido todos aquellos hacia la playa, vieron con terror como el muelle se quebraba en sus bases hundiéndose en las olas. Pero eso no fue lo peor. Casi simultáneamente con el terremoto, el mar comenzó a replegarse sobre si mismo, dejando en seco a los cuatro navíos y exhibiendo ante los despavoridos ojos de los que estaban en la playa el fondo rocalloso del océano y los peces y seres de las profundidades. Más allá, a una milla de la costa, vieron como se abría el precipicio de cerca de cuatro mil metros de hondura, que forma la cuenca marítima de Tarapacá. Una voz empavorecida se levantó entonces de los marinos:
-¡Maremoto!... ¡Se va a salir el mar y nos tragará a todos! ¡Corramos hacia los cerros!
Fue aquella una fuga enloquecida. Marinos y pobladores corrían a todo lo que les daban sus piernas en dirección a las laderas del Morro, por las cuales trepaban desesperadamente, ayudándose con las manos. Llegados a media altura, pudieron volver los rostros y contemplar el espectáculo que se ofrecía abajo.
El mar que se había recogido como felino que toma impulso para saltar sobre su presa, volvió con ímpetu arrollador. Olas gigantescas con más de treinta metros de altura chocaron con estrépitos de cañonazos contra los rompientes del Morro, otras devoraron las ruinas del puerto y las de más al norte asaltaron la pampa yendo a estrellarse contra los cerros del interior.
En el centro, la espantosa marejada cogió a los cuatro barcos que habían quedado tumbados en el fondo seco, los levantó violentamente, estrellándolos a unos contra el otro, los dio vuelta como si fueran corchos y finalmente los arrojo contra la costa. El buque almacén de los norteamericanos, el “Fredonia”, con toda su tripulación a bordo, fue lanzado contra las rocas del Morro, pulverizándose en medio de la mar enloquecida. Ni un hombre salvó con vida. El “Chanacelia” dio cuatro o cinco vueltas de campana, enredándose en su larga cadena de su ancla mayor, y así, como atado por un gigante, fue a caer sobre la playa, dos millas tierra adentro. El barco de guerra peruano “América” que era muy marinero, logró mantenerse en equilibrio sobre las inmensas olas y fue a caer de costado en medio de la pampa de Chinchorro. Y el “Wateree”, que se encontraba con sus calderas encendidas, pudo echar a andar sus poderosas ruedas laterales y esto le permitió recibir el embate de las olas de popa a proa, sin tumbarse, por lo que, levantado sobre lo mas alto de la marejada, avanzó muy tierra adentro y quedo blandamente depositado a tres kilómetros de la playa, sobre las arenas de la pampa. Las olas del maremoto dejaron marcadas en las faldas de los cerros una señal a diecisiete metros sobre el nivel de la playa.
Conocedor de la forma en que se producían los maremotos, el comandante del “Wateree” prohibió a sus hombres que abandonaran el barco y, en lugar de eso, les ordenó a amarrarse a los objetos fijos que existían en cubierta. No pasó lo mismo en el barco peruano “América”. Tan pronto fue depositado en la pampa Chinchorro, sus tripulantes saltaron por las bordas a la arena y trataron de alejarse. Fue entonces que vino la segunda ola, de menor fuerza, pero arrolladora. Con un común grito de espanto, los marinos peruanos vieron como se abalanzaba sobre ellos y los succionaba hasta el fondo del océano, al igual que a su barco, que fue triturado y hecho astillas.
Después que el mar volvió a su cuenca natural, una paz de muerte reinó la playa. Nunca se supo cuantos de los diez mil habitantes perecieron en aquella catástrofe. Los marinos del “Wateree” y los del “Chanacelia” sólo se preocuparon de salvar a los vivos y a los heridos visibles. Guiando a los primeros y conduciendo a cuestas a los últimos, se refugiaron en el morro.
La noche había cerrado agregando un matiz de más horror a la desventura general. Cuando amaneció el día siguiente, todo había pasado y el mar estaba en absoluta calma, el comandante del “Wateree” echó una mirada a su barco, que se veía empequeñecido allá, a tres kilómetros de la orilla de la playa y a setenta metros de los cerros y meneó la cabeza con desaliento.
-Es inútil –reflexionó-, jamás podremos reflotarlo. Señores oficiales, que la marinería vaya a nuestro barco y que lo desmantele, sacando de el todo lo que podamos desprender.
La playa estaba sembrada con restos de mercaderías que habían escapado de los vientres de otras naves despedazadas, las que fueron acumuladas junto al único barco que había quedado varado, para liberarlas de la codicia de los habitantes del interior que ya empezaban a acudir, noticiados de la catástrofe. En torno al “Wateree” se estableció un campamento donde por espacio de una semana se dieron alimentación y medicinas a los sobrevivientes de Arica. Al cabo de ese tiempo ancló en la bahía el barco de guerra norteamericano “Fowhatan”, el cual recogió a los tripulantes del “Wateree”. Solo quedó en Arica el contador del barco, comisionado para venderlo en pública subasta cuando se restableciera la normalidad en el puerto.
Efectivamente el “Wateree” fue rematado tres meses mas tarde, y como se hallaba intacto, se lo transformó en hotel y casino de diversiones, en el cual durante varios años se dieron exóticas fiestas, de gran lujo y alegría. La música de las orquestas y las carcajadas de los festejantes hicieron olvidar pronto los alaridos de espanto que se elevaran en torno suyo en aquellos días en que el mar lo arrojó a la costa.
Mas tarde, carcomido por el óxido y la sequedad salitrosa, fue destinado a hospital, y finalmente, muchos años después, sirvió de bodega, hasta que un nuevo maremoto, el 9 de mayo de 1877, cogió otra vez entre sus zarpas al infortunado barco e hizo un esfuerzo por tragárselo hasta menos medio kilometro de la playa.
Ahí quedó el “Wateree”, ahora destrozado, con una de las grandes calderas asomando por el costado del casco.
La guerra del pacifico puso fin a su porfiada existencia. Los blindados chilenos lo usaron de blanco para ejercitar la puntería de sus grandes cañones hasta despedazarlo.
Por último, del “Wateree” sólo quedó una caldera semisepultada en las arenas de la Pampa del Buitre, como testimonio de la trágica noche del 8 de agosto de 1868, en que el flamante buque de guerra fue lanzado sobre la costa por el maremoto que se tragó entera a la ciudad de Arica.



Hoy una de las calderas del Wateree son un monumento cerca del hipodromo frente a playa las Machas en la ciudad de Arica.





:) Por Jorge Inostrosa